16.3.10

Sociedad

EL ATAQUE A LA EMBAJADA DE ISRAEL

En la tarde del 17 de marzo de 1992 una explosión causó la muerte de 29 personas y destruyó la sede de la embajada de Israel en Buenos Aires. Pese a las investigaciones la justicia argentina nunca pudo encontrar a los responsables. El recuerdo de esa trágica jornada en Crónica de una tarde de muerte, nota de Pablo Vaca publicada en la revista Gente, nº 1391 del 19 de marzo de 1992.








"¿Vieron alguna vez el horror? Porque la televisión muestra todos los días muertos, explosiones, guerras o accidentes. No es raro leer palabras tan dramáticas como terror, tremendo o impresionante. Pero, ¿vieron alguna vez el horror?
Es algo que pasó en la Embajada de Israel el martes a la tarde. Es algo que ni siquiera un escritor de ficción podría describir con precisión. Es algo que no se puede sentir (apenas se puede transmitir) si no se ha vivido. Es ver un cadáver de alguien joven -y no saber de qué sexo era- aplastado bajo una puerta de madera rota, tapado con piedras y ramas, pisado por cuadrillas de bomberos, policías, enfermeros, médicos, periodistas y que durante media hora nadie lo descubra. Es el caos.
Es lágrimas, gritos, sudor, sangre, vidrios, ventanas arrancadas, edificios que servían para vivir y en un momento se transformaron en pedazos de cemento amorfos. Es gente destruida. Viva o muerta.
¿Cómo reflejar en un texto a una madre desesperada por saber si su hijito que iba al jardín de infantes frente a la embajada estaba sano? Es más fácil contar que a tres cuadras uno empezaba a caminar sobre una capa de vidrios. Que la torre cilíndrica de libertador y 9 de Julio terminó con la mayoría de sus ventanas rotas. Que a cuatro cuadras de Arroyo y Suipacha las persianas de metal se doblaron. Que a seis cuadras del lugar la gente sintió, en el momento de la explosión, que una mano invisible los empujaba.
Es preferible no acordarse de nada, intentar reprimir el recuerdo del ruido de las sirenas, de la visión de escombros revueltos, de la ansiedad ante el descubrimiento de alguien que podía seguir vivo bajo una masa de cemento, madera, fibra de vidrio, ladrillos y hierros retorcidos.
Aparecen flashes de personas con sangre en la cara, en los brazos, en todo el cuerpo, shockeada, intentando explicar lo inexplicable. Son imágenes: camillas rojas, pedazos de cuerpos, dos edificios desaparecidos, autos irreconocibles como tales, una cuadra entera que parece salida de la película Terremoto, ambulancias, patrulleros y autobombas, funcionarios que se acercan a las cámaras a hablar sin saber de qué pero intuyendo que les conviene para sus carreras, rumores sobre posibles responsables, rumores sobre posibles víctimas, rumores sobre posibles blancos del atentado. Y realidades como mujeres y hombres, chicos, viejos o jóvenes, que entienden que están viviendo algo que creyeron no iba a pasar más y que no van a olvidar jamás.
Eran las tres y cuarto de la tarde. Habían pasado apenas 30 minutos de la explosión. Ya no quedaba fuego ni humo. Pero todo era confusión. Unas -¿trescientas? ¿doscientas?-personas que corrían de un lado para otro, gritando, intentando auxiliar a cualquiera. Buscando sobrevivientes los enfermeros, buscando notas los periodistas, buscando imágenes los camarógrafos y fotógrafos. No se sabía qué había pasado, sólo que era una bomba. No se sabía si lo que estaba sobre nuestras cabezas podía caerse, si lo que estaba bajo nuestros pies eran escombros que escondían víctimas.
Tuvieron que pasar varias horas hasta tener alguna información cierta. Porque todo lo que había eran sentimientos: nerviosismo, miedo, impresión y asco, sobre todo asco por los que habían hecho eso.

El día pasaba como cualquier otro en la zona. Los vecinos disfrutaban de la siesta. En el colegio parroquial Josefa Capdevila de Gutiérrez, frente a la embajada, Teresita y María, dos compañeritas de tercer grado, estaban en su clase de lectura: 'La maestra nos preguntó qué quería decir una palabra. No me acuerdo cuál. Empezamos a decir yo sé, yo sé: cuando de repente escuchamos dos ruidos terribles. Se movía todo'. En el asilo de ancianos San Francisco de. Asís, que está en la otra esquina, en la misma cuadra, que depende de la Parroquia Mater Admlrabilis, había 80 mujeres mayores que terminaban de almorzar. Dentro de la embajada, en tanto, otras 100 personas trabajaban. Y todo
acabó. Quedó el descontrol.
Nadie se acordó que el sábado el colegio, donde había 200 chicos, cumplía 71 años. Hubo espacio sólo para pensar en los chicos del jardín de infantes. Para ver que de la embajada, la parroquia y el colegio no quedaba literalmente nada. Jenny, una de las maestras, atinó a explicar: 'Escuchamos dos explosiones muy seguidas. Los chicos estaban en su segunda hora de clase. Los vidrios, pizarrones, lámparas, persianas y taparrollos empezaron a caer como lluvia. Los chicos, salvo algunas pocas excepciones, se asustaron muchísimo. Gritaban, lloraban, no sabían para dónde correr. Decidimos sacarlos al patio interno que da al centro de la manzana. Pero enseguida llegó la policía que nos pedía que los evacuáramos. Ellos mismos empezaron a sacarlos y tuvimos que pararlos porque nos dio miedo que los chiquitos más chicos corrieran por la calle y no los encontráramos más. Así organizamos que cada. maestra sacara a su grupo.
(...)
Los aprendices de espía empezaron a conjeturar. 'Fueron dos autobombas', decían. 'El explosivo entró en bolsas de cemento porque estaban haciendo reparaciones en la embajada', se contradecían. 'Había 500 kilos de trotyl', agregaban. 'Todo pasó porque había de visita dos políticos del Likud, el partido conservador israelí, uno había participado de la Conferencia de Paz de Madrid y otro es el encargado de la política de asentamientos de Gaza y Cisjordania. Estuvieron almorzando y se fueron de la embajada a las dos y media', comentaban. 'Pero claro, si en los últimos días estuvieron haciendo simulacros de evacuación por seguridad', justificaban. En la calle, lo terrible seguía.

Chicos y viejos. Chicos de jardín de infantes mezclados con las viejitas de un asilo. Es la Sala de Urgencias del Hospital Cosme Argerich. Veinte nombres. Veinte diagnósticos y un sinfín de caras aturdidas ante lo increíble.
'Desde acá -el Argerich está en la Boca- escuché como un trueno apagado. Jamás pensé en semejante tragedia. A los pocos minutos empezamos a recibir llamados del CIPEC. El concierto de sirenas de las ambulancias duró hasta después de las 16'. El jefe de Urgencias del Argerich, el doctor Abel Kohan-Miller, recorre la sala de primeros auxilios. Todo es frenético. 'Por suerte, sólo 2 de los 20 heridos que recibimos aquí están realmente graves, en situación crítica -Ramona Esperanza Aguirre (59), con una viga atravesándole la pierna derecha, y una señora Seres, con severo aplastamiento de tórax-, el resto es víctima de los cortes por los vidrios y del shock por la tremenda explosión. En el caso de las dos señoras que están graves, las operamos y creemos que se van a recuperar. Lo que resulta incontrolable es la desesperación de los familiares. Las madres de los chiquitos del colegio recorren desconsoladas los hospitales buscando a sus hijos en las listas de muertos y heridos'.
En la camilla frente al doctor Miller curan a Violeta Etulián (87) de los infinitos cortes que los vidrios produjeron en sus piernas y cara. No puede decir nada. Habla por ella su nieto, Martín: 'Vivo a seis cuadras de la embajada, pero mi abuela vive enfrente, en Arroyo 897. Tardé 10 minutos en llegar su casa. En el camino vi de todo... heridos, cuerpos destrozados. Muertos... Sentí mucho miedo. Entré al departamento de mi abuela y sólo vi sangre y vidrios. Tardé unos instantes en comprender que estaba sola, y que toda esa sangre era suya. No dudé: estaba seguro de que había muerto. Todo estaba roto... destruido. Todo menos 'abu', ella estaba sentada en su sillón desangrándose en silencio. Los médicos me dicen que está bien, pero desde que la encontré no ha dicho nada'.
Mientras, el Hospital Fernández era un infierno. Antes de las cuatro de la tarde ya habían sonado las primeras sirenas. A lo largo del día entraron finalmente 69 heridos y 9 niños, de los cuales sólo dos mayores eran de gravedad. Toda la cuadra era un caos. La policía trataba de dar paso a los familiares, las madres lloraban desesperadas golpeando las puertas de vidrio del hospital. El grito era unánime: 'Queremos ver las listas de heridos'.
Pasadas las cinco de la tarde dieron las primeras listas. Los llantos sonaban por la escalera principal del hospital. Unas chicas del Lenguas Vivas con delantal blanco se abrazaban mientras rogaban por su amiga Soledad. Una familia entera suplicaba cualquier tipo de información sobre Ofelia, que trabajaba en el turno tarde de la embajada. Personal de la embajada con la ropa ensangrentada consolaba a los familiares de los empleados. Las listas se leyeron cuatro, cinco veces durante la tarde. Pero la desinformación era total.
'Me dijeron que mi hijo está acá, tengo que sacarlo, soy su padre', gritaba Jorge Vidal, el padre de Matías (3). A las dos horas salió con su nene en brazos: Matías tenía siete puntos en la espalda. Adentro del hospital, más de trescientos empleados -entre médicos, enfermeros y personal de Caritas- organizaban el tráfico ininterrumpido de heridos. Muchos de ellos judíos que no hablaban castellano.
Muy golpeado, con la cabeza toda vendada, mareado, el párroco de la iglesia Mater Admirabilis, monseñor Málaga, salió acompañado por unas señoras de Barrio Norte hacia otro sanatorio. Eran las seis de la tarde, y tambaleando, con un delantal blanco, se fue sin hablar en una Break Renault 18. Un sacerdote que lo llevó hasta el auto dijo: 'Está muy golpeado, pero está bien'.
A las 18.05 llegó el embajador de Israel, Itzhak Shefi. Quería información sobre los heridos y estaba muy preocupado por el personal de la embajada. Un rumor casi paranoico ganó a los periodistas que esperaban: 'Se dijo que hoy cerca de las 13.30 e embajador decidió no ir a la embajada en la tarde. ¿Por qué?'. En los pabellones del hospital también estaba el encargado de la obra social de la embajada, que intentaba inútilmente trasladar a los heridos 'a los sanatorios privados para que se los atienda correctamente'.
Comenzaron a llegar las ambulancias de las obras sociales. Y seguían las historias terribles.
Juan Carlos Blanco, de tres años, salió en brazos de. su niñera. 'Está asustado. Sólo tiene unos raspones -dijo la mujer-. Los padres están en Pinamar, y él está conmigo y su abuela. Nos asustamos mucho. porque él estaba en el jardín de infantes de la parroquia. Por suerte está bien'.

Quedan apuntes. Los famosos, como Any Costaguta, Carlos Grosso, Mercedes Sosa, que viven en la zona. El caso del motociclista que fue decapitado por una chapa que salió volando por la explosión. La presencia del subcomisario Luis Patti, cuyo trabajo es en una comisaría de La Horqueta, en San Isidro. Ricardo Levene, el presidente de la Corte, que se acercó a ver todo porque su tribunal tomó a su cargo la investigación. Las primeras explicaciones de los funcionarios. Una mujer que quedó atrapada durante seis horas en los escombros. Un barrio que durante un tiempo no servirá para vivir. Una lista oficial, que hablaba al cierre de esta nota de 10 muertos y más de cien heridos.
Y queda la certeza de haber visto el horror."

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