18.9.13

Fútbol

A 30 AÑOS DE LA MUERTE DE ÁNGEL LABRUNA
El 19 de septiembre de 1983 falleció Ángel Labruna, quizás el máximo ídolo de River Plate. Figura emblemática de “La Máquina” en los ‘40 y la “Maquinita” en los ‘50, luego dirigió a los “millonarios” en la década de los ‘70. Lo recordamos con tramos de Su vida es un grito de gol, entrevista de José Luis Barrio en la revista El Gráfico, nº 3322 del 7 de junio de 1983.


Sus inicios


“—Nosotros jugábamos en Palermo, el equipo se llamaba Barrio Parque Foot-ball Club y pasamos todos a River. Yo ya era hincha, en la vidriera del negocio tenía una foto de Bernabé Ferreyra, mi ídolo, que me la había dedicado: ‘Al futuro crack en ciernes, Bernabé Ferreyra’. Era del año '32. Cuando llegué a primera jugamos algún partido juntos, y mientras pude usé los botines que él dejaba por gastados... Bernabé era el único jugador que se hacía los botines a medida y jugaba con medias de seda; las de lana se las ponía arriba y las recortaba a la altura del tobillo. ¿Sabe qué hacían cuando jugaban de local?: a la pelota le ponían dos cámaras y encima la mojaban, cada tiro libre era gol o muñeco al suelo.
(...)
“—Angel, ¿por qué no hay equipos invencibles como en la época suya?
—El fútbol es el mismo de toda la vida, vamos a entendernos, pero han cambiado los ritmos por medio de la preparación física. Hoy un equipo de guerreros te complica el partido aunque no tenga calidad; yo no los vi pero dicen que Temperley es algo de eso...


—La idea es que en aquel tiempo el Prode hubiera sido demasiado fácil, ¿no?
—Y... había desigualdad. Los grandes eran grandes y los chicos eran chicos. Ahora queda la tradición, pero en la cancha son todos parecidos. Y también cambió el tema de los referís y los dirigentes. Yo, por ejemplo, con la banda roja puesta, hacía cualquier barbaridad... Decirle a un referí, 'Cobrá penal porque te voy a hacer rajar’, y seguir yo en la cancha lo más tranquilo. Me había acostumbrado, tanto que hasta lo hice en Chile cuando fui a jugar al Rangers y al final me salió bien. Me agarré a patadas con Eladio Rojas, me expulsaron, vinieron los dirigentes al vestuario y me dijeron que volviera al campo. Entré de nuevo y estaba dirigiendo el juez de línea, al referí lo habían echado... Cosa de locos. Era así, nos sentíamos muy respaldados en la AFA. Después las cosas fueron cambiando y yo seguía agrandado; me echaron como veinte veces...
(...)
—Yo siempre me basé en los cuatro técnicos que tuve como jugador: Cesarini, Stabile, Peucelle y Minella, y nunca les pedí a los clubes que gastaran más de lo que podían. Aprendí de ellos cuatro y de los grandes jugadores que me tocaron de compañeros, verdaderos monstruos... En lo que me fui adecuando fue en la parte de preparación física, en lo demás sigo igual: dos veces por semana fútbol formal, las otras veces picaditos... El trabajo de toda la vida. Los jugadores fuera de sus puestos para que cada uno cambie sus perfiles, que muevan las piernas. Así el jugador hace con la pelota todos los movimientos que le pide el preparador físico.
(…)
-¿Es cierto que Cesarini fue el sumun, lo máximo?
-Sin ninguna duda. ¿Por qué? Por lo que sabía y por el poder de convicción que tenía. Yo lo conocí cuando él tenía 37 o 38 años, todavía jugaba algún partido en primera y yo estaba en la cuarta de la mañana. Las sabía todas en todos los sentidos; convencía, que es una de las grandes condiciones que tiene que tener un técnico. A nosotros nos hablaban del Alumni y nos reíamos, cómo iban a jugar esos tipos con esos pantalones... Renato era un fenómeno porque lo que pedía lo hacía, demostraba... El jugador se fija mucho si el técnico le sabe pegar a la pelota, comenta... Yo no corro pero pateo los corners y todavía la pongo con facilidad en el segundo palo; correr no, no juego desde el '65 cuando me rompí la pierna.


—¿Renato formó la Máquina?
—Claro, y ahí tienen un ejemplo de cómo convencía a los jugadores. Moreno y Pedernera eran el mejor ala izquierda del país, de River y de la Selección. Yo estaba en la tercera y ya pensaba en buscarme club, porque ahí... Apareció Cesarini, lo convenció a Moreno de que necesitaba más campo para correr y lo puso de 8; lo convenció a Pedernera de que contra la raya estaba asfixiado y lo puso de 9; me ascendió a mí, al tiempo lo convirtió al Loco Loustau de marcador de punta en wing izquierdo y a Muñoz, que jugaba de 8, lo puso de wing derecho. Al que convenció más fácil fue a Loustau, no hablaba nunca, un día el utilero le dio dos zapatos derechos y jugó todo el partido así, sin protestar... Y así se armó todo, con Cesarini dando las indicaciones justas.


—¿Cómo era su relación con los muchachos de La Máquina, salían, eran amigos o solamente se entendían adentro de la cancha?
—No, había muy buena convivencia. Lo que pasa es que los tiempos eran distintos, había más libertad, menos compromiso... Teníamos a Moreno, que le gustaba salir, y estaba yo, que salí una noche y nunca más...


—¿Por qué?
—Y... No me fue bien. Me descompuse y al otro día no pude entrenar porque estaba muerto. Anduvimos por todo Buenos Aires porque le habíamos ganado a Boca, por todos los piringundines de la calle Corrientes... Ya les digo, no había grupos antagónicos sino que se hacían por afinidades, como en cualquier plantel. Moreno salía con cualquiera, se hacía los amigos en una esquina y listo; Pedernera era más serio, le gustaba salir en familia, tenía sus amigos como Ramos y Deambrossi; Rodolfi se quedaba, era tranquilo, Vaghi también, el uruguayo Barrios también...
(...)


-Cómo es el jugador de fútbol de ahora con respecto al de antes?
—Antes éramos más liberales, ahora la vida ha traído otros factores. Para nosotros era un gusto jugar, ni pensábamos en ser profesionales hasta que llegaba el momento. Los muchachos de hoy son distintos, desde el principio piensan en el profesionalismo y también en invertir lo que ganan; en ese sentido son más inteligentes que los de mi época. Nosotros pensábamos en el techo para regalarle a los viejos o para uno mismo, nada más. Yo tardé catorce años en juntar para mi casa... Y por suerte, porque muchos de los jugadores de entonces quedaron sin nada. Eran bohemios, la gente en general era así, ¿no? Eran otras costumbres. Si uno no salía de noche quedaba como un estúpido, como un maricón o algo así.
(...)


—Angel ¿para ser riverplatense hay que ser antiboquense?
—No sé, ¿por qué?


—¿Usted iría a dirigir a Boca, entraría con el equipo en la cancha de Boca?
-Llegado el caso sí. ¿Sabe por qué? Porque me aclamarían, porque todos los insultos y los gritos en contra se volverían a favor. Si un día tuviera la oportunidad de armar el equipo de Boca creo que de local no pierdo ni un punto. Ese pensamiento ya lo di cuando fui a Rosario a dirigir a Central y salimos campeones. En serio, Boca, con la presión de la gentes, es la única cancha donde realmente se siente la condición de local.


-¿Y el día en que le toque dirigir a Boca contra River?
-No, ahí no intervendría... ¿Saben quién me recomendó a Talleres cuando fui en el '74? (el presidente de Boca Alberto J.) Armando. Un día en un asado con Talleres, en La Candela, Armando habló de mí, me elogió bastante y me pintó de cuerpo entero: 'Boca salió campeón con ex hombres de River como Pipo Rossi, Di Stefano, Deambrossi, Moreno... Y estoy seguro que con Labruna también saldría. Pero a Labruna no lo podemos traer porque tiene la banda colorada pintada en la piel, debajo de la camisa'. Eso me quedó grabado, y fíjese que nunca, nunca, mi nombre sonó como posible a la dirección técnica de Boca, ni con Armando ni sin Armando.”


Gol de Labruna a Boca en 1954


Gol de Labruna de 1956, también a Boca Jrs.