27.8.08

EMILIANO, EL PRIMERO DE LOS 93

Sociedad

Emiliano Lautaro Hueravillo nació en la ESMA en 1977 durante el cautiverio de su madre. Cuatro meses después se transformó en el primer nieto recuperado por una familia. Pasaron treinta y un años y las Abuelas de Plaza de Mayo encontraron una nueva nieta. Se trata de Alejandra, hija de Juan Augura y Olga Casado, que fueron secuestrados en Rawson. Nació en febrero de 1978 y vivía con sus apropiadores en Santiago del Estero. De esta manera son 93 los hijos de desaparecidos ubicados por sus familiares.


Emiliano Lautaro Hueravilo nació en un lugar donde la mayoría moría: la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), ese edificio convertido en símbolo del terrorismo de Estado que el próximo 24 de marzo dejará de pertenecer a la Marina para convertirse en un espacio de preservación de la memoria, según prometió el gobierno. El parto de Emiliano fue el 11 de agosto de 1977, y cuatro meses después apareció en el Hospital de Niños Pedro Elizalde con una nota que informaba la fecha de su nacimiento, el peso y su nombre y apellido. Los medios consignaron la noticia afirmando que una madre había abandonado a su hijo en las escalinatas de la Casa Cuna. “¿No es contradictorio? ¿Cómo una mamá que abandona a un chico va a dejar escrito su nombre y apellido?”, se pregunta hoy aquel bebé, 26 años después.

Aquellos datos eran tan contundentes que le sirvieron a la jueza María Romilda Servini de Cubría para entregar el niño a sus abuelos paternos. “Soy el primer hijo nacido en cautiverio y recuperado por su familia”, se presenta el joven, como quien nació en un zoológico. Pero para él la ESMA es otra cosa. “Un lugar atroz, un campo de concentración y horror, donde hubo torturas, violaciones y muerte”, define, categóricamente, como para que no haya dudas desde dónde habla…

Emiliano pudo saber mucho tiempo después que estuvo diez días en la ESMA junto a su madre, Mirta Mónica Alonso, una militante del Partido Comunista que fue secuestrada por hombres de civil que viajaban en un Falcon verde, la fría noche del 19 de mayo de 1977. Se la llevaron embarazada de seis meses del velatorio de su abuelo. La joven, que no renunciaba a la esperanza de criar a su hijo, le hizo una marca con una aguja caliente en el interior de la oreja antes de que los separaran en la ESLA. Esa seña indeleble, que después permitiría ratificar la identidad del bebé, es lo único que ella pudo dejarle a conciencia. “La marca me indica los huevos que tuvo mi vieja en medio del horror. Esa marca me dice que pensaba salir, que estaba fuerte anímicamente, como después me dijeron las compañeras que la asistieron en el parto”, señala él con una inocultable dosis de orgullo…

Hueravillo creció sabiendo la verdad, una suerte con la que no contaron otros que nacieron en las mismas circunstancias. “Mi abuelo, que era militante del PC, siempre me contó todo, como si fuera un cuento”, dice sin lamentar un ápice que en las noches de infancia le hayan cambiado los retratos de hadas por las historias de terror. “Yo también –agrega- le hablo a mi hija de sus abuelos como si fuera un cuento.”


Por Diego Rosemberg

Revista Textual, Buenos Aires, 19 de marzo de 2004. págs. 14-17

Ilustraciones: Revista Tres Puntos, Buenos Aires, 14 de enero de 1998.



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